
Desde Algeciras y con el Estrecho como horizonte cotidiano, Óscar Aguilar ha firmado uno de los hitos más potentes de su trayectoria: la victoria en el Ironman de Malasia, una prueba marcada por el calor, la humedad y condiciones límite que no dejan espacio para la improvisación.
Más allá del resultado, su historia habla de constancia y planificación. Aguilar explica que el triunfo se construye meses antes: entrenamientos en horas duras, trabajo específico para soportar el estrés térmico y una preparación mental donde la visualización juega un papel clave. “Estas carreras son tapar boquetes”, viene a decir: nada sale perfecto, y saber gestionar lo inesperado suele separar a los que aguantan de los que se rompen.
Con experiencia acumulada —y una serenidad que se nota en cada decisión—, el triatleta del Campo de Gibraltar ya mira hacia el siguiente gran reto: Hawái. Para él no es una meta final, sino una puerta que se abre. Una forma de demostrar que desde el sur también se puede competir al máximo nivel, con ambición, pero sin perder la cabeza.
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