
Desde tiempos inmemoriales la Bahía de Algeciras ha sido testigo de la llegada de pueblos marineros que procedían de lugares lejanos. Así florecieron en su arco ciudades dedicadas al comercio y con un fuerte componente estratégico en relación con el control del Estrecho de Gibraltar.
Las fuentes antiguas señalaban la importancia del puerto de Algeciras a lo largo de los siglos, pero esta situación iba a cambiar tras la destrucción y abandono de la ciudad en la Edad Media. A principios del siglo XX nada quedaba de aquel esplendor y solo un pequeño muelle de madera prestaba un servicio precario para comunicar ambas orillas del Estrecho o con dificultad servía de escala a buques procedentes de la ruta que unía Asia con América.
Eran otros tiempos, los avances tecnológicos habían sido aplicados a la navegación, por lo que las embarcaciones tenían mayor porte y calado. La apertura del Canal de Suez en Egipto había supuesto el acortamiento de la ruta hacia Asia y se había producido un auge del tráfico marítimo.
No podía demorarse más la aprobación de las obras para construir un puerto moderno, que trajera la prosperidad al país. Así que de la recién creada Junta de Obras nace una serie de proyectos que serán la base de la configuración actual puerto de Algeciras.
Comenzaron entonces las obras del muelle de la Galera llamado así por una gran roca en la que se apoyaba. Para protegerlo de los embates de las olas durante los temporales se comenzó a construir el rompeolas. Este elemento levantado sobre los arrecifes que salían de la parte norte de la Isla Verde, sería levantado con enormes bloques fabricados a pie de obra. Para desplazarlos y colocarlos fueron imprescindibles el Titán y el Goliat, dos grúas traídas del puerto de Larache en Marruecos.
Lo que contaremos a partir de ahora ocurrió durante una jornada normal de trabajo durante la construcción del rompeolas a finales de los años veinte.
Aquella mañana el buen tiempo permitía realizar las inmersiones submarinas para colocar los bloques en el dique. El Goliat los había transportado desde el taller de la isla. El Titán sería el que los colocaría en su lugar definitivo con ayuda de un buzo. El equipo especializado en las inmersiones comenzaba su peculiar ritual. En primer lugar, se comprobaba el estado de los tubos de la bomba de aire y de la cuerda para hacer señales. A continuación el guía de buzo y los auxiliares ayudaban a Manuel a embutirse pieza a pieza en la escafandra de casi cien kilos de peso. El buzo se vestía con camisa, pantalón y gorro de lana, porque una vez dentro del hermético traje comenzaba a transpirar bajo el agua y la lana evitaba que se enfriarse con su propio sudor. El llamativo traje blanco de caucho era impermeable y tenían que estirar el cuello para que Manuel pudiese meter sus piernas a través de él. Para poder hundirse hasta el arrecife era necesario calzar las botas de plomo, llevar el escapulario colocado sobre el pecho y la espalda, así como ceñirse el cinturón. Ahora sus hombros estaban preparados para recibir el peso de la pelerina, donde encajaban el casco. Llegaba el momento de enfundarse los guantes y de realizar la cabuzada en las aguas de Isla Verde. Todos confiaban en todos y desde la superficie mientras le suministraban el aire desde la bomba, permanecerían atentos a cualquier orden, pues una mala interpretación en las señales que el buzo les enviaba mediante la cuerda podría ocasionarle lesiones gravísimas o incluso su propia muerte.

Mientras Manuel inspeccionaba el fondo con objeto de indicar donde se llevaría a cabo la colocación del siguiente bloque, observó cómo un pulpo se escondía en lo que parecía una roca. Los visores de vidrio y la falta de luz no le ofrecían una buena visibilidad. Entonces al intentar atrapar al animal se dio cuenta de que no se había ocultado tras una piedra, sino que lo había hecho dentro de un gran recipiente. Acababa de realizar el hallazgo fortuito de una antigua ánfora romana. Tirando nerviosamente de la cuerda anunció una temprana ascensión a sus compañeros, que lo esperaban sobre el bote. Llenando el traje de aire subió a la superficie. Sus compañeros se quedaron atónitos al verlo emerger del agua con el tesoro marino entre sus brazos. Aquella milenaria vasija de bastos hombros y delineada boca era un recuerdo del gran ajetreo comercial de Iulia Traducta. Para Manuel supuso un honor entregársela al ingeniero de la Junta y desde entonces estuvo colocada en su sede para que todo el que entrase pudiese admirarla.
Afortunadamente, mediante la gestión del Departamento de Desarrollo Sostenible de la APBA, las restauradoras del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico han llevado a cabo una primorosa restauración de los diferentes elementos de la escafandra. Destaca la intervención del traje de buzo, que ha recuperado su forma tridimensional. Los futuros visitantes del museo portuario de Algeciras podrán admirar este ejemplar único en Andalucía y recordarán la singular historia de aquel hombre que estuvo entre los primeros en desafiar las profundidades marinas, para llevar a cabo un trabajo que todavía hoy pervive en el puerto de Algeciras.

Ana María Berenjeno Borrego. Historiadora.




